jueves, 23 de julio de 2009

AMANECER




Amanece. El sol irrumpe lentamente en el horizonte. El mar se desliza suavemente sobre la arena. Como buscando encontrar algún refugio para quedarse... La arena es mujer, le dice que lo esperara y el siempre vuelve. Dos figuras en la playa. El, un hombre fornido, de gran estatura. Ella una mujer joven, pero con mirada ancestral, rubia y de figura desafiante. De mirada con el color de los trigales. Él esta en pijama, de color azul. Había bajado hasta la playa. No podia dormir. Grandes preocupaciones le quitaban el sueno... Ella está elegantemente desnuda. Él se encuentra inseguro y titubeante. Ella es la seguridad inconsciente. Él está de espaldas al mar, de pie, con la cabeza gacha y las manos sobre el abdomen. Ella mira al mar, sentado en la arena, con las piernas recogidas y sus brazos rodeándolas. El viento sopla suavemente.
Ella: ¿Lo sientes?
Él: ¿Qué cosa?
Ella: El viento, tonto. Óyelo.
Él: Ya lo oigo... ¿y?
Ella: No, no... Lo estás escuchando. Óyelo.
Él: ¿Cuál es la diferencia?
Ella: Si lo escuchas significa que lo intentas comprender, y no se trata de eso.
Él: ¿Y de qué se trata entonces?
Ella: De sentirlo.
Él: ¿Y cómo he de sentirlo?
Ella: Oyéndolo.
Él: No lo entiendo.
Ella: Ya lo entenderás.
Él: Explícamelo tú.
Ella: No puedo.
Él: ¿Por qué?
Ella: Porque eso significaría que lo comprendo, y no se trata de eso.
Él: ¿Y de qué se trata entonces?
Ella: Ya te lo he dicho, de sentirlo.
Él: No lo entiendo.
Ella: Ya lo entenderás.
Él: ¿Cuándo?
Ella: Ojalá lo supiera.
Él: ¿Por qué dices eso?
Ella: No lo sé. Vino a mi mente.
Él: ¿Vino a tu mente?
Ella: Vino.
Él: ¿Desde muy lejos?
Ella: El sarcasmo no te sirve. Pero si, desde muy lejos...
Él: Vaya...
Él se da media vuelta y mira al mar. Ella continúa sentada, pero ahora apoya las manos detrás de su cuerpo, e inclina la cabeza hacia atrás.
Él: ¿Por qué estás desnuda?
Ella: Porque me siento cómoda.
Él: Pues yo no.
Ella: ¿Por qué?
Él: Porque estás desnuda.
Ella: Porque yo estoy cómoda te hace sentir incómodo.
Él: No, no es eso.
Ella: ¿Qué entonces?
Él: Estoy incómodo porque estás desnuda.
Ella: Bueno, pues continúa dándome la espalda, así no me ves.
Él: Da igual, sigo incómodo.
Ella: ¿Por qué?
Él: Porque sé que estás desnuda.
Ella: Siempre lo estoy.
Él: Eso no es verdad, te he visto muchas veces con ropa.
Ella: Pero estaba desnuda.
Él: Llevabas ropa.
Ella: Pero debajo de la ropa estaba desnuda.
Él: Ya, pero yo no lo veía.
Ella: Tampoco lo ves ahora.
Él: No es lo mismo.
Ella: Tienes razón.
Él: ¿Tengo razón?
Ella: Sí, cuando llevo ropa, puedes mirarme, aunque sepas que estoy desnuda. Cuando no llevo ropa, no puedes mirarme, y aun estoy desnuda. Es eso, ¿no?
Él: No lo sé.
Ella: Es lo que has dicho.
Él: Suena confuso.
Ella: Sí
Él se da la vuelta nuevamente y la mira. Ella se mantiene en la misma posición.
Él: Vaya, ahora estás más desnuda que antes.
Ella: ¿Se puede estar más desnuda que desnuda?
Él: Antes estaba acurrucada.
Ella: ¿Y?
Él: Y... y no se te veían los pechos.
Ella: Bien. ¿Y qué tal?
Él: Bonitos.
Ella: ¿Bonitos?
Él: Preciosos.
Ella: ¿Preciosos?
Él: Maravillosos.
Ella: Pues yo siempre había creído que eran pequeños.
Él: ¿Y aún así te sientes cómodo estando desnuda?
Ella: Sí.
Él: No lo entiendo.
Ella: No tienes por qué entenderlo.
Él: Pero yo quiero entenderlo.
Ella: ¿Por qué?
Él: Porque me gustas, eres mi amiga, te aprecio...
Ella: No hace falta que me entiendas. Siénteme.
Él: ¿Cómo?
Ella: Como al viento. Óyeme.
Él: Yo creía que entender era importante.
Ella: Quizás te equivocas.
Él: ¿Quizás?
Ella: Oye, yo no lo sé todo. Despierta.
Él: ¿Estoy dormido?
Ella: Eso parece.
Él: Entonces, ¿estoy soñando?
Ella: Sí.
Él anda hasta ella y se sienta a su lado. Ella vuelve a acurrucarse, rodeando sus rodillas con sus brazos.
Ella: Vaya, ya no te doy miedo.
Él: ¿Miedo?
Ella: Miedo, incomodidad... llámalo como quieras,
Él: Quizás me sigues dando miedo, quizás me estoy dando cuenta que me estoy haciendo viejo.
Ella: ¿Qué quieres decir?
Él: No lo sé, vino a mi mente.
Ella: Tocado y hundido.
Él: Oye. Si esto es un sueño, ¿despertaré mañana y tú ya no estarás?
Ella: Depende.
Él: ¿De qué?
Ella: De ti.
Él: Mírame.
Los dos se miran. Él acerca sus labios a los de ella. Se besan un instante y separan sus labios. Continúan hablando mirándose a los ojos.
Ella: Eso ha estado bien.
Él: Sí.
Ella: ¿Cómo sabías que yo también deseaba besarte?
Él: No lo sabía. No se trata de eso.
Ella: ¿Lo sentiste? Aprendes rápido.
Él: Bueno... No exactamente.
Ella: ¿Qué quieres decir?
Él: No lo sentí. Sólo me arriesgué. Pura suerte.
Ella: Vaya, aun te queda mucho que aprender.
Él: Con una profesora como tú, espero tener siempre algo nuevo que aprender.
Ella: Qué cursi, ¿no?
Él: Bueno, yo soy así. ¿Qué le vamos a hacer?
Se oyen unos trinos matinales de pájaros.
Ella: Escucha. Pájaros. Gorriones. ¿En la playa?
Él: No puedo escuchar.
Ella: ¿Por qué?
Él: Porque intento oír.
Ella: Cállate y dame un beso.
Él: ¿Sólo un beso?
Ella: Arriésgate.
Él: Pues vale.
Sus labios van a unirse, pero él se para y continúa hablando, más cerca de ella que antes.
Él: ¿Te he dicho que te quiero?
Ella: Calla, tonto.
Él: Pero, ¿y si me despierto?
Ella: ¿Qué más da?
Él: No quiero perderte.
Ella: No me perderás.
Él: ¿Cómo lo sabes?
Ella: No lo sé, lo siento.
Él: Eres tan bonita...
Y ella lo besa apasionadamente...
Martes, 11 de septiembre de 2001 03:35

¡¡JUSTICIA!!

Marcos se sentía inquieto ante el silencio sepulcral que imperaba en el oscuro comedor alumbrado solamente por unos cirios páscales, mientras los comensales devoraban con fruición, un exquisito plato de camarones que se había servido como entrada.
El grupo de invitados era bastante curioso, 7 mujeres mayores de rostros torvos, mirada gélida, aspecto severo, vestidas en forma monacal, que no levantaban la cabeza del plato.
La anfitriona era su tía Ethel, una persona impredecible, de hábitos fuera de lo común, solterona recalcitrante, algo extrovertida, que en esta ocasión esporádicamente cuchicheaba algo con su vecina.
Al lado de Marcos estaba sentada su prima Claudia, una joven algo tímida, impresionada por este ambiente opresivo, sin saber por qué su tía Ethel los había invitado a esta comida.
Una vez terminado el postre, se encendió una enorme pantalla que estaba inserta en una de las paredes del comedor y se inició lo que parecía la proyección de una película.
Una de las señoras del grupo de las 7, se levantó y señalando las imágenes que se proyectaban, dijo con voz cascada a la concurrencia:
• Carlos Rioja de 45 años, sufrirá en los próximos días un accidente de tránsito, donde morirá...
Un murmullo de espanto recorrió el salón, Marcos y su prima estaban impactados con esta revelación, a pesar de desconocer al personaje en cuestión.
• Dígame, hermana Hay, ¿hay algún antecedente de este señor? - preguntó la señora de voz cascada.
• Así es, el señor Rioja posee un orgullo desmedido, se considera alguien muy especial, carece de humildad y jamás reconoce un error que haya cometido...
No alcanzó a terminar la frase, cuando la señorita Hay-Bruma, la más anciana del grupo, dijo en tono recriminatorio:
• ¡Pobres secretarias de Rioja! Las persigue, las hostiga, las acosa hasta convertirlas en esclavas de sus deseos...
La hermana Hazard que dirigía el debate, dictaminó:
• No intervengamos entonces, dejemos al destino que cumpla su cometido...
A continuación, apareció en la pantalla, una hermosa joven, alta, escultural, rodeada de una manada de lobos que la acechaban babosos.
• Natalia Rocamora, de 24 años, será víctima fatal de una emanación tóxica que se producirá en su departamento de soltera...
Las ancianas revisaron sus apuntes particulares y no se encontró antecedente alguno relacionado con esta joven. La hermana Hay comentó en voz alta:
• ¡Qué raro me parece! No tenemos información alguna de su vida...
Claudia que observaba fijamente la pantalla, después de algunas cavilaciones, se levantó de su silla y dijo:
• Tía Ethel, esa muchacha se parece mucho a la amiga del tío Carlos... tu marido
• Tienes razón, Claudia, es nada menos que la señorita Regina...
Las viejas al escuchar aquel nombre, se zambulleron en sus apuntes y se abrió un dossier repleto de anotaciones.
Una acalorada discusión se produjo entre las integrantes del comité, se culpaban unas a otras por el error de llevar una estadística asociada al nombre de batalla de Natalia Rocamora. Al cabo de unos minutos, la hermana Hay-bruma se levantó y con voz grave comunicó la sentencia final:
• Por carecer de antecedentes, hemos decidido intervenir el destino y evitaremos que la joven Natalia esté presente en su departamento, al momento de la emanación tóxica.
La tía Ethel quedó sorprendida por tal decisión, ya que ella conocía bien a la Regina y sabía de su licenciosa vida, atiborrada de hombres (entre los cuales se contaba su marido) que desfilaban por su departamento día y noche.
• Hermana Hay-bruma, creo que comete un grave error con su decisión, ya que Natalia y la Regina son una misma persona...
• Eso ya lo sabemos, pero como no tiene anotación alguna en los registros de la hermana Hay y por tratarse de alguien muy joven, estamos obligadas a intervenir en su destino.
La tía Ethel meditó un rato y después se acercó donde sus sobrinos para decirles:
• En verdad, parece una decisión justa, ya que la pobre Regina tendrá muchos defectos, pero jamás ha sido soberbia. Al menos, ese pecado capital no ha cometido...